una de antaño

Por aquel entonces, nunca compraba una prenda de ropa si pensaba que Kurt Cobain no se la habría puesto. Cerrábamos el bar y nos quedábamos dentro, bailando, mientras el puerto se apagaba.  Durante el descanso, corríamos al acantilado y le gritábamos al mar. Solíamos observar a los clientes, imaginábamos sus diálogos y si alguien nos parecía aburrido, le preguntábamos su color favorito a sabiendas que sería el azul; casi nunca fallábamos.  Cada madrugada, al salir del trabajo, nos echábamos al mar y nos íbamos a la cama; si el calor apretaba, subíamos los colchones al tejado y nos dormíamos viendo como los pescadores salían a faenar. Cuando el calor se hacía insoportable huía al norte, donde siempre había una cabaña de madera esperando, con su cama en una buhardilla y sus vistas al fiordo. Éramos nómadas y nos encantaba. Veníamos tan cargados de pasado que nos aliviaba no tener futuro.

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